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Ya había salido el sol, y su luz me despertaba. Me
había quedado dormida leyendo, la luna había brillado como nunca y lo había
aprovechado. Me destape y baje del árbol, todavía en pijama. Eran las diez de
la mañana. La mañana era fresca, pero el sol estaba radiante. En mi preferencia,
el clima ideal. Tenía planeado ir a la casa de Jacaranda, íbamos a ir al lago
de la montaña a cabalgar. Seguramente también vendrían Berni y Alhelí.
Seguí el caminito que llevaba a la casa. Allí vivían
mamá, papá y Jacinto, mi hermana. A la abuela y a mi nos gustaba dormir al aire
libre. Por eso ella tenía su cuarto fuera de la casa donde el viento podía
entrar y salir a su gusto, donde el sol llegaba a cada rincón, donde las
hormigas podían entrar con solo un paso. Yo por mi parte era un poco más
salvaje, mi “habitación” estaba conformada por una cama colgada de dos árboles,
y una mesita de luz que también estaba colgada,
a unos cinco metros de altura. La mayoría de los magos jóvenes,
dormíamos colgados de dos arboles. Me encantaba dormir allá arriba, me sentía
en mi propio mundo, podía ver todo y casi nadie me veía.
La casa estaba ubicada en el interior del bosque, a
un kilómetro del pueblo. Era una casa grande y amplia. Toda revestida en madera
por el interior y con grandes ventanales. Tenía tres pisos; en el de abajo
estaba la cocina, el comedor, la sala de estar, el invernadero que tanto quería
la abuela, el establo donde guardábamos a mi yegua Shirley, y teníamos un patio
en la parte trasera; en la parte de arriba estaban las habitaciones de mamá y
papá, y de Jacinto, el estudio de arte de mamá, y allí tenía un cuarto especial
para mi donde generalmente hacia los deberes del colegio o estaba con mis
amigos. Lo que más me gustaba de mi casa era el tercer piso, era como una
cúpula grande en el medio del techo. Estaba toda hecha de vitrales, que habían
hecho mis tatarabuelos, hacia mucho tiempo. Cuando era niña siempre iba ahí a
jugar, la luz entraba por los vidrios de diferentes colores y toda la
habitación quedaba coloreada reflejando la historia de como con tiempo y
paciencia una oruga se convertía en mariposa. Ese lugar tenía aroma a madera de
algarrobo, azaleas y césped recién cortado. Nunca supe como todos esos aromas
llegaron allí arriba, aunque según la abuela Lia, esa era una habitación
especial, y que cada quien olía algo distinto y singular.
Entré en la cocina. estaban todos. Mamá había hecho
tostadas, y mermelada de arándanos cacera. Papá, como siempre, me había hecho
la leche. Me senté y mamá me hablo - ¿Qué vas a hacer hoy? Con papá teníamos
planeado ir a visitar a los primos esta semana, pero Lia dice que tiene cosas
que hacer. ¿Preferís quedarte con ella, o venir con nosotros?
- No, me quedo con la abuela. Hoy arreglamos para ir al lago, y ya tengo planes
para mañana, vayan ustedes.
-Bueno. Jaz, termina de desayunar y anda a cambiarte, así podemos salimos salir
y llegar temprano.
Termine de desayunar y también me fui a cambiar. Antes
de que descubriéramos que había magia dentro de mi, yo también dormía en la
casa .Hacía medio año no más que era una bruja, y había decidido pasar mis
noches con las estrellas, como todos. Había esperado mucho tiempo para que mis
poderes llegaran solo para poder tener la libertad de soñar junto a la luna, y
mecerme con el viento. Había terminado el colegio primario, y la magia había
aparecido en el momento justo para que pudieran anotarme en el Colegio
Secundario para Magos y Brujas. Bernardo, Jacaranda y Alhelí también eran
magos. En mi casa todos esperábamos que Jaz también lo fuera, hasta el momento
no había mostrado indicios. Generalmente la chispa de la magia nos pica entre
los 9 y los 12. Mi flecha nos había vuelto loco a todos en casa, más que nada a
la abuela, había llegado un mes antes de mi cumpleaños decimo segundo. Jaz
recién tenía diez, dos años más para que saltaran sus chispas-
Decidí ponerme una maya blanca y violeta, con unos
voladitos. Arriba me puse un vestido blanco estilo musculosa, con la espalda
descubierta. Elegí unas sandalias con una flor blanca en la punta, y un
sombrero de paja con un lazo blanco también. A este le agregue dos flores de la
planta de pervinca, que había en nuestro jardín. Fui al establo, cepille a
Shirley y le di dos manzanas. Salude a todos en casa, le dije a mamá que le
mandara saludos a los tíos, ensille a mi yegua, y me dirigí a lo de Jacaranda.
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Shirley era una yegua joven. Hacía unos seis años,
una de las potras de la familia Marconati había tenido una cría y amablemente
nos la habían regalado, ya que nuestras familias eran muy amigas y hasta ese
momento no teníamos caballos.
Para ir a lo de Jacaranda se podían tomar dos
caminos, el del río y el del pueblo. Como iba con Shirley, tome el camino del
pueblo. Por este cruzabas el Puente de los Otoños Eternos, y bajabas a calle
Whiteville, por la cual llegabas al centro del pueblo. Este eran tres cuadras
donde se encontraba todo lo que uno necesitaba, muebles, alimentos, ropa, y
demás. En la segunda calle se encontraba una plazoleta, con dos grandes olmos
donde los niños se trepaban y jugaban. A mi gusto me gustaba más el camino del
río, donde pasabas por debajo del puente, y viajabas por las aguas entre las
luces que se colaban entre los árboles. Además era mucho más corto, y por lo
tanto se llegaba más rápido.
Llegué a lo de Jacaranda, me estaba esperando con
una tarta de zapallitos, jugo de naranja recién exprimido, y para postre una
tarta de frambuesas. Terminamos de comer y fuimos a buscar a Bernardo y Alhelí.
Berni vivía en el centro, su madre era la costurera
del pueblo y su padre profesor de encantamientos en el Colegio Secundario. La
mamá de Berni, Sofina, hacia la mayoría de los vestidos que usábamos las chicas
del pueblo. Yo tenía un par, uno de ellos era mi favorito. Era de color
celeste, con mangas tipo princesa y un moño en la espalda, tenía volados en el
final, y unas margaritas muy chiquitas cocidas en estos.
Era una mujer muy amable, siempre sonriendo, que le deseaba
el bien a todo el mundo. A mi me agradaba mucho, y supongo que yo a ella. En
realidad, todos la queríamos mucho en el pueblo.
Giuseppe, el padre de Berni, en cambio era muy conocido
por todos, y más por los magos estudiantes, porque era sumamente estricto dando
clases. Era un mago con mucha habilidad, y resultaba asombrosa la capacidad que
tenía para resolver los problemas usando sus capacidades. Aunque rara vez se lo
veía realizar magia avanzada, fuera de su estudio.
El año pasado en una de sus clases, le había hecho
pasar al frente a Bernardo, su propio hijo, a que haga levitar a su compañero
de banco. Berni, asustado porque había olvidado practicar, trato de negarse,
pero su padre le insistió y al ver que su hijo se oponía, le dijo que tenía que
hacerlo levitar a él, en vez de a su compañero. Lamentablemente para el
Profesor Marconati, su propio hijo lo hiso caer desde dos metros de altura,
enfrente de toda la clase. Todos los estudiantes se acuerdan de ese episodio,
muy a menudo, y se siguen riendo igual que la primera vez. En ese momento, el
señor Marconati, lo único que hiso fue ponerle un uno a su hijo. Cuando
llegaron a casa, Berni recibió tremendo reto. Tuvo que cortar el pasto, lavar
los platos, y ayudar a su tío en la carpintería, por dos semanas. Después de
aquel accidente, nunca se olvido de practicar para la asignatura de su padre.
Llegamos a la casa de los Marconati, Sofina estaba
arreglando la enredadera que subía por el muro de enfrente, mientras una escoba
barría por si sola las hojas que caían. –Buenos días, Sofina ¿Cómo estas?-
Bien, bien, chicas. Pasen, Berni esta en el jardín de atrás con Marto. Dejen
los caballos en el establo por favor ¿o ya se van? – No, los dejamos afuera, ya
nos vamos.- Pedimos permiso y entramos.
La casa de Berni, era una de mis favoritas. Al
frente se veía un muro, al cual se trepaba una madreselva, llenando el frente
de colores y de un perfume embriagador. Se entraba por una gran puerta de
madera. Detrás del muro, se encontraba el jardín más hermoso y colorido que
hubiera visto, con madreselvas, rosas, jazmines, tulipanes, margaritas,
hortensias, jacintos y mis favoritas, las azaleas, del cual, mi nombre.
Cuando uno entraba a la casa, se sentía una
fragancia a lavanda y roble, ya que todos los muebles de la casa estaban hechos
de este. Lo primero que uno veía era una espaciosa sala de estar, con chimenea,
sillones, una mesita ratona y un mueble en el que el Sr. Giuseppe guardaba sus
amadas pipas coleccionables. Además había portarretratos de todos los de la
familia y sus amigos. Siempre que entraba me paraba delante de uno, en el que
estaba nuestra familia, con los Marconati, los Leguis y los Moon. Éramos como
una familia gigante, nuestros bisabuelos habían ido juntos al colegio, y desde
ese momento nunca más nos habíamos separado.
Luego se pasaba a la cocina, que daba al jardín, al
establo, y por la cual se accedía a la sala de costura de la madre de Berni. El
jardín era tan amplio y grande, que
poseía tanto espacio para albergar dos jacarandas.
De estos colgaba la cama de Berni, y una hamaca, que yo adoraba. También lleno de plantas y flores variadas. Al
cruzar el jardín se encontraba el estudio de magia del Sr. Giuseppe, donde el
gran mago descubría los secretos que escondía la magia. Las únicas personas que
habían entrado ahí eran Sofina y Giuseppe, les estaba terminantemente prohibido
entrar a los niños.
Encontramos a Berni acostado en su cama, jugando con
el pobre de Marto. Alzamos vuelo y nos sentamos en unas ramas del árbol. Nos quedamos
calladas, hasta que Berni hablo: -¿Ustedes qué piensan qué pasara si lo tiro?- Jacaranda
y yo abrimos de par en par los ojos ¡Este chico estaba loco! Y para poder
argumentar nuestro pensamiento, lanzo al pobre perro por el aire. Al mismo
instante que lo soltó, salte de la rama en su ayuda. Un metro antes del suelo,
el perro desapareció, y en su lugar pude ver una paloma blanca, que descendía
del suelo con total naturalidad. Nos habíamos olvidado de que Marto era un
animal mágico, y podía cambiar de forma, y nuestro amigo al darse cuenta de
nuestro olvido, lo había tirado. Simplemente para que nos molestarnos y hacer
que saltáramos del árbol por el miedo.
Una vez abajo, Bernardo bajo volando, riéndose y
feliz porque su broma había salido como él esperaba. – ¡Sos un bobo!- le dije,
y le di un empujón. – ¿Podemos irnos ahora, que ya te divertiste? – ¿Yo? ¿Un
bobo? Vos porque no viste las caras que pusieron en el momento que solté a
Marto.-Y volvió a reír. –Si, ustedes salgan. Tengo que ir a buscar mi mochila
arriba, y sacar a Lupe del establo.-
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Bernardo era el chico mas lindo que conocía. Era
colorado, con ojos de un color verde azulado, lleno de pecas y alto. Cuando
quería podía ser muy tierno. Se lo conocía por su inteligencia y fuerza. Aunque
capas, era algo egocéntrico y orgulloso, aunque sabía pedir perdón en los
momentos importantes. Habíamos sido amigos desde que tengo uso de razón, asique
nos queríamos más como hermanos, que como amigos. Todas las chicas estaban
locas por él. A Berni le gustaba esa atención, pero nunca había mostrado
interés por ninguna.